Suena el despertador, abres los ojos, te estiras todavía medio dormido y agarras el celular de tu mesita de noche. Entre bostezos e intentos de despertar haces un rápido repaso a tus redes sociales. Primero los mensajes de WhatsApp. Contestas a tu crush que te escribió anoche para decirte que vio algo que le recordó a tí, a tu abuela que te desea un día precioso acompañado de una estridente imagen de Piolín, y al grupo de amigos enviando memes desde bien temprano. Luego una ojeada rápida a Instagram para descubrir que esa chica de tu escuela a quien no ves desde hace años tuvo una increíble cita con su novio, o que tu ex vecino va a ser papá de nuevo. Un vistazo a Facebook mientras preparas tu café y así enterarte que tu autor favorito está editando su nueva novela gráfica; y una larga visita a Twitter en el transporte público para estar al día de las noticias que te brindan los periódicos digitales. Todo ello antes de llegar al trabajo y sentarte durante ocho horas enfrente de una pantalla de ordenador. De vuelta a casa repites la rutina antes de irte a dormir y caer rendido mientras ves al otro lado de la pantalla un video de YouTube sobre un tema que ni siquiera estás seguro de si te interesa.

Desde que en el año 1947 se crease el internet cuando la Guerra Fría reclamaba urgentemente una forma rápida y eficaz de intercambiar la información entre bandos, hasta la última tendencia de baile de TikTok en plena cuarentena ha llovido bastante, sin embargo, no ha sido si no hasta la última década cuando se ha notado este cambio. Entre el 2010 y el 2020 ha habido un incremento aproximado del 1000% en el uso de las redes sociales, sobre todo entre los jóvenes, quienes se estima que pasan al día alrededor de 6 horas utilizando estas herramientas. Nuestros adolescentes cada vez se sienten con más libertad de expresarse, comunicarse e incluso de formar su propia identidad. Las redes sociales les han ayudado a definir el estilo de vida que quieren tener y el tipo de relaciones sociales que desean entablar.

Pero todo esto no ha sido a costo cero. La comparación constante de nuestras vidas con las de las miles de personas a las que seguimos hace que nos sintamos poco productivos y menos valiosos. La búsqueda de la perfección en cada publicación, el miedo a la no aceptación por parte de nuestros seguidores o la falta de sueño por ese último vistazo a Instagram que se convierte en horas, han generado en nuestras generaciones futuras graves problemas de salud mental, entre los que más destacan la ansiedad y la depresión. El bullying ha tomado fuerza en nuestra época pasando a ser el ciberacoso el mayor miedo de los adolescentes, de quienes se calcula que uno de cada 6 sufre o sufrirá alguna de estas enfermedades a lo largo de su vida.

Ante esta devastadora situación, las principales empresas de redes sociales se han visto obligadas a tomar cartas en el asunto y han comenzado a implementar estrategias para mejorar el bienestar y reducir el riesgo de enfermedad mental, entre las que se incluyen ayudas para encontrar grupos de apoyo, contacto más directo con amigos cercanos, o servicios de chat para la gestión de crisis, que han creado empresas como Facebook.

Aunque todavía es pronto para valorar si estas medidas son o no eficaces a largo plazo, parecen ser prometedoras y estamos viendo cómo las empresas se hacen socialmente responsables de los problemas que ellos mismos han creado. Debemos empezar a impulsar entre los jóvenes políticas de educación en el uso saludable de las redes sociales para así formar futuras generaciones con metas claras, empatía y conciencia sobre sus acciones. Es importante por eso hablar del tema, para que, visibilizando el problema, podamos mejorar y construir un buen futuro para todos.

Escrita por

Pilar Enguidanos

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